Patrimonio cultural afro-brasileño: mapeando
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Somos un mismo pueblo con culturas diversas
Español
1997-01
Esta mujer, conoció la discriminación desde los primeros años de su infancia. Y desde esa época también se siente batalladora, frentera, poseÃda de una energÃa que hace apasionarse por sus tres afanes fundamentales: Su familia, las negritudes y la equidad de género. Quizás para ella esas imágenes son aún un fantasma que la ronda. Porque lo que recuerda de una manera más clara del ambiente de su infancia era que en el barrio del sector de Santa LucÃa, donde vivÃan en MedellÃn, los miraban a todos como bichos raros. Tocaban a la puerta en cualquier momento, con una frecuencia inusitada al principio, para verlos asomarse. Porque eran negros. En realidad, la familia Córdoba RuÃz era mestiza. El padre, Sabulón, negro chocoano, y la madre, LÃa Esneda, blanca de Yarumal. Polos opuestos, motivo de curiosidad y objeto de rechazo. Las familias de origen, de ambos lados, fueron las primeras en dejar marcadas las diferencias de orden racial. Alguna hermana de don Sabulón no veÃa con buenos ojos que él se hubiera casado con una mujer blanca, y alguna hermana de ésta nunca pudo aceptar que ella se uniera en matrimonio con un hombre negro. La abuela materna de Piedad Córdoba, doña Eumelia, fue entonces el equilibrio y el punto neural de un afecto que permanece aún incólume y de una memoria imborrable. No era fácil que en un medio como el antioqueño se entendiera ese matrimonio de doble cara. Doña LÃa Esneda habÃa terminado muy joven sus estudios de magisterio y fue nombrada maestra para la escuela de Puerto Valdivia, en el Bajo Cauca. Y hasta allà fue a llevarla la madre, que se encontró con que el rector era un negro chocoano bien educado y sereno. Entonces se la encomendó. Dejó la hija bajo su cuidado. «Y la cuidó tan bien que se quedó con ella». Piedad Córdoba, estudió la primaria en la misma escuela pública donde trabajaba doña LÃa. Y después hizo la secundaria en el Cefa, un prestigioso colegio oficial para mujeres, en MedellÃn. Y allÃ, donde se distinguió, a medida que pasaban los años, como una buena alumna aunque muy inquieta y en alguna medida revoltosa, fue donde una mañana se dio plena cuenta del significado social del drama que ella misma habÃa vivido en el barrio y en su familia. La profesora de religión estaba llorando angustiada una mañana, presa del desconcierto. Algunas de sus alumnas se le acercaron para preguntarle qué era lo que le sucedÃa, y ella contó, entre sollozos, que su hija andaba de novia de un negro…
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